Los 100 años de Mandela…

    Tienen que saber que los líderes son de carne y hueso. Si piensan que eres un mesías, sólo cabe la decepción.        El 18 de julio de 1918 en Mvezo, El Cabo, Unión Sudafricana, nacía como Rolihlahla “el que sacude los árboles”, en xhosa, el idioma de su pueblo. A los […]

Los 100 años de Mandela…

    Tienen que saber que los líderes son de carne y hueso. Si piensan que eres un mesías, sólo cabe la decepción.

 

 

   El 18 de julio de 1918 en Mvezo, El Cabo, Unión Sudafricana, nacía como Rolihlahla “el que sacude los árboles”, en xhosa, el idioma de su pueblo. A los 7 años, una profesora del colegio metodista al que lo enviaron sus padres, – nadie en la familia había ido a la escuela antes- , la señorita Mdingane, siguiendo una costumbre de aquellos tiempos, resabio de la influencia británica en la educación del país, le daría su nombre inglés, Nelson. Para su gente sería Madiba, la denominación de su clan. Con el tiempo, los años y la lucha, en su patria y en el mundo alcanzaría simplemente con su apellido, Mandela, para honrar a uno de los grandes líderes del siglo XX.

 

   Abogado, activista infatigable contra el apartheid, político, primer hombre negro en alcanzar la presidencia de Sudáfrica (1994-1999), primero en ser elegido por sufragio universal en su país, Premio Nobel de la Paz y Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, entre tantos otros honores, bien podría ser considerado ahora, cuando se cumple un siglo de su nacimiento, una leyenda. En su memoria, sin embargo, habrá que abstenerse de hacerlo.

 

   “No creo que sea saludable que la gente piense que eres un mesías. Si lo hacen, sólo cabe la decepción. Tienen que saber que los líderes son de carne y hueso, que son humanos. Eso es lo que quiero que piensen de mí. Si te creen un salvador, sus expectativas son demasiado altas. Que piensen que eres un héroe, vale, pero una leyenda, no…

   Las leyendas son escasas; pero en la actualidad hay miles de héroes en Sudáfrica. Un héroe es un hombre que cree en algo, que es valeroso, que arriesga la vida por el bien de la comunidad”, fue la respuesta que dio al periodista Richard Stengel, con quien trabajó codo a codo a lo largo de casi tres años en su autobiografía, “El largo camino hacia la libertad”, autor también de “El legado de Mandela”.

 

 

 

   “He batallado contra la dominación blanca y también contra la dominación negra. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Parte del discurso que pronunció en el Proceso de Rivonia en 1964, su alegato no le evitó la condena a prisión por sus acciones en la lucha contra el apartheid. Sin embargo, los veintisiete años que pasó tras las rejas fueron, según su biógrafo, el mejor maestro, ya que fue allí donde aprendió dominio de sí mismo, disciplina y concentración, todas cualidades, para Mandela, fundamentales en un líder.

   Junto, claro, a algunas otras nociones que desplegó y aplicó a lo largo de sus 95 años de vida: la valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre el miedo y la capacidad de fingir que se es valiente; hay que liderar desde la primera línea pero saber también compartir el liderazgo, interactuando con los otros; la importancia de pensar bien de los demás (“Es bueno actuar sobre la base de que los otros son personas íntegras y honorables, porque uno tiende a atraer integridad y honorabilidad si así considera a aquellos con los que trabaja”); saber cuándo decir “no” (según Stengel, la experiencia le enseñó a Madiba que la gente sobrelleva mejor un no firme que uno ambiguo); ser consciente de que renunciar también es liderar y que ceder a veces equivale a un triunfo; que el odio se enseña, ya que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión, y que, por lo tanto, también el amor puede aprenderse; que es preciso conocer al enemigo, entenderlo, ganarse su corazón no sólo por estrategia sino también por empatía, no regodearse en la victoria ni humillarlo y, para hacer las paces, trabajar con él. Así se convertirá en un compañero.

   Cuentan que una de las frases que solía repetir era de Gandhi: “Has de ser el cambio que buscas”. Toda una declaración de principios.

 

Fuente: Clarín – Diario de Cultura



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